En esta obra de 1983, Jordi Arrue nos presenta una composición cargada de simbolismo y sensualidad onírica. Como se aprecia en la imagen, la figura femenina emerge o se funde con una estructura orgánica de tonos rosáceos y violetas, creando un juego visual entre la anatomía y la abstracción surrealista.
La técnica de Arrue destaca por un uso magistral de la luz difusa y las transparencias, que otorgan a la piel una calidad nacarada. La pincelada suave y las transiciones tonales fluidas refuerzan esa sensación de sueño o visión etérea, característica de una búsqueda estética que explora los límites del cuerpo y su transformación en el entorno pictórico.
La pieza conserva su bastidor original y la firma manuscrita al dorso "JORDI ARRUE 1983", lo que asegura su trazabilidad histórica. El imponente marco negro de estilo contemporáneo (71,5 x 82 cm) no solo protege la obra, sino que actúa como una ventana que resalta la luminosidad interna de la pintura, creando un contraste visual rotundo y elegante.